Hoy es una de esas noches en las que sientes que tienes algo que escribir. Y es curioso observar como las palabras salen fáciles y sin esfuerzo en momentos como hoy; y lo que cuesta enhebrarlas otros días, y en otras circunstancias. Es un argumento más a mi favor en una conversación que tuve hace unos días. No hay que forzar tu interior por el mero hecho de mantener actualizado el blog (anda, rima y todo). Saldrá solo de ti cuando esté preparado.
Hoy, también, a diferencia de otras veces, tengo un tema claro que abordar. Una cuestión que es cierto que llevo ya un tiempo sintiendo. Es difícil de explicar con palabras.
Bueno, en realidad no lo es. Pongámonos en situación.
Es cosa sabida que la gente que tiene pareja suele ser la primera en retirarse de una fiesta, juerga o parranda (retirarse del todo, no desaparecer para intimar). Tampoco tiene mucho misterio: cuando la gente empieza a desvariar y a emprender la caza, yo, cazador retirado, abandono cómodamente la escena. Digamos que mi papel ha terminado.
Y quizá debido a ello, los otros actores se ven en cierta manera obligados a permanecer en escena, hasta que termine la función. Es muy común que, hablando ya sin tapujos, la soltería te incite más siempre a seguir con la fiesta, a no irte todavía, a tratar de animarte más. Porque, al fin y al cabo, para encontrar hay que buscar.
Lo que ocurre es que esa obligación que sin querer nos imponemos a veces, acaba minándote por dentro. Te hace salir cuando en realidad no te apetece del todo. Y muchas veces ni siquiera te deja disfrutar de una cerveza con los amigos. De ahí viene muchas veces, por lo menos cuando yo lo propongo, el "rollo tranqui". Suele querer decir: me apetece estar tranquilo, sin ninguna otra preocupación que no sea elegir entre Paulaner o Foster.
Es por ello que a veces miro con envidia a la gente con pareja. Porque creo distinguir en ellos una serenidad, una tranquilidad, una seguridad, en definitiva. Seguridad para hacer lo que realmente les apetece, y para disfrutar más los momentos de la vida.
sábado, 24 de julio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
Cuestiones cotidianas de ayer y de hoy, by Manu AMS, presenta: "¿Y en el parque por qué no?"
Es una pregunta que hice yo ayer, aunque seguro que no os imaginais el contexto. No, no estaba intentando ligar, aunque pueda parecerlo. Estaba en una actividad un tanto diferente. Abismalmente diferente, diría yo.
Estudiaba en la biblioteca.
¿Decepcionante? Sin duda. Pero no os vayais aún.
Sí, sé que todos estais hasta el orificio anal de hacerlo. Por eso vengo a proponeros una cosa: ¿Y en el parque por qué no?
Así es, me refería a estudiar.
El caso es que estaba yo inmerso en el fascinante mundo de las mucosas intestinales y su sistema inmunitario, o más bien intentando estarlo, porque había considerable escándalo. Y viendo que el tema era fácil y que hacía un día envidiable, me dije: ¡Qué coño! No me quedo aquí encerrado más tiempo.
Claro, le digo a un par de colegas que tenía a mi lado: "Oye, que me voy a estudiar al parque". Y, obviamente, no se lo creen. Pero yo pregunto, ¿por qué no? Teneis que probarlo. Me compré un granizado, me fui debajo de un pino, donde hacía sombrita, y saqué la comisión de Inmuno. Inigualable.
Para qué necesitais encerraros entre 4 paredes en cuanto el asunto no es agradable del todo. ¡Sacarle partido a la vida!
Que para eso tenemos 19/20 años.
Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
Es una pregunta que hice yo ayer, aunque seguro que no os imaginais el contexto. No, no estaba intentando ligar, aunque pueda parecerlo. Estaba en una actividad un tanto diferente. Abismalmente diferente, diría yo.
Estudiaba en la biblioteca.
¿Decepcionante? Sin duda. Pero no os vayais aún.
Sí, sé que todos estais hasta el orificio anal de hacerlo. Por eso vengo a proponeros una cosa: ¿Y en el parque por qué no?
Así es, me refería a estudiar.
El caso es que estaba yo inmerso en el fascinante mundo de las mucosas intestinales y su sistema inmunitario, o más bien intentando estarlo, porque había considerable escándalo. Y viendo que el tema era fácil y que hacía un día envidiable, me dije: ¡Qué coño! No me quedo aquí encerrado más tiempo.
Claro, le digo a un par de colegas que tenía a mi lado: "Oye, que me voy a estudiar al parque". Y, obviamente, no se lo creen. Pero yo pregunto, ¿por qué no? Teneis que probarlo. Me compré un granizado, me fui debajo de un pino, donde hacía sombrita, y saqué la comisión de Inmuno. Inigualable.
Para qué necesitais encerraros entre 4 paredes en cuanto el asunto no es agradable del todo. ¡Sacarle partido a la vida!
Que para eso tenemos 19/20 años.
Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
domingo, 23 de mayo de 2010
Domingofobia
De tantos temas interesantes que sin duda habría para una Tesis Doctoral, yo diría que uno de los más productivos sería acerca de la Psicología del Domingo. Me pasaré toda la vida preguntándome por qué, desde hace unos años, se ha convertido en un día tan sumamente asqueroso. Al menos para mí.
¿Habrá alguna causa psicológica para ello? ¿Sufriría en mi infancia un fuerte trauma en Domingo, y desde entonces mi mente se bloquea en ese día? ¿Será cosa de los genes? ¿O estará más relacionado con Necromancia y/o Males de Ojo?
No lo sé. El caso es que, a no ser que tenga el día totalmente planificado con algo (lo que es harto difícil teniendo en cuenta que todo está cerrado, y que la gente tiende a desaparecer), acabo tumbado en el sofá deseando que pase algo. Y por supuesto, el hastío lleva a tristeza, a revivir fantasmas, y en general, al pesimismo extremo.
Lo tengo además comprobado empíricamente. Las películas o libros con una parte mínimamente trágica o triste simplemente no los tolero en Domingo. Voy a tener que hacerme con una reserva de historias a lo Heidi para poder entretenerme de alguna forma.
¿Habrá alguna causa psicológica para ello? ¿Sufriría en mi infancia un fuerte trauma en Domingo, y desde entonces mi mente se bloquea en ese día? ¿Será cosa de los genes? ¿O estará más relacionado con Necromancia y/o Males de Ojo?
No lo sé. El caso es que, a no ser que tenga el día totalmente planificado con algo (lo que es harto difícil teniendo en cuenta que todo está cerrado, y que la gente tiende a desaparecer), acabo tumbado en el sofá deseando que pase algo. Y por supuesto, el hastío lleva a tristeza, a revivir fantasmas, y en general, al pesimismo extremo.
Lo tengo además comprobado empíricamente. Las películas o libros con una parte mínimamente trágica o triste simplemente no los tolero en Domingo. Voy a tener que hacerme con una reserva de historias a lo Heidi para poder entretenerme de alguna forma.
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