Ya va siendo hora, después de un mes sin escribir, que reverdezca un poco mi pequeño rinconcito del placer y la locura. Y lo hago tras una noche también relacionada con algo similar, con reencuentros y rememoriaciones. El lugar: Los Álamos, antaño sede central de una maligna entidad dedicada a arrancar jóvenes inocentes de la PlayStation y las Cartas Magic; y sumergirlos en vodka barato de 4€ y cartones de vino marca Día.
Adolescencia y alcohol se juntan siempre tarde o temprano. Y así debe ser, opino yo (hay que conocer para evitar males mayores en el futuro); aunque en la historia que cuento, quizás la unión fue demasiado prematura. O quizás no.
Pensándolo un poco, diría que, en realidad, fue el factor determinante. ¿El factor determinante para qué? Es la pregunta lógica. Pues para una intrincada historia de varios años, múltiples personajes y múltiples anécdotas. Y múltiples experiencias, que sin duda van a ser inolvidables para muchos. La mayoría limitadas a un espacio de unos 4 años (14-18 años) donde las hormonas y las mentes estaban más revolucionadas que la Francia de finales del Siglo XVIII.
Una de las muchas consecuencias de esos días pasados fue la noche de ayer, en la que, entre cerveza y paseo al seto de enfrente, dimos un buen repaso de todo lo vivido. Y en la que me di cuenta de que es algo que merece ser relatado. Es un proyecto que me guardo para más adelante, pues creo que si lo inicio ahora, me quedarían unos cuantos capítulos por escribir.
Y pienso además que soy una buena persona para hacerlo. Porque, aunque llegué un par de años más tarde; he conseguido, para bien o para mal, no involucrarme demasiado en berenjenales peligrosos, de los que tanto afloraron. Me he limitado, sin quererlo, a ser quien siempre estaba enmedio, pero no dentro. El observador. El narrador, en definitiva.
Seré quien, dentro de mucho tiempo, contará una extraña e inverosímil historia sentado en una crujiente mecedora de madera, con un whisky en la mano; y rodeado de gente de pequeña edad que me escucha sentada en el suelo de piedra, frente a la chimenea encendida.
No me creerán, probablemente. Y sin embargo, es real.
domingo, 28 de marzo de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
Déjalo venir
- ¿Qué piensas hacer?
- Tomarme otro caramelo.
- No seas idiota. Sabes a lo que me refiero.
- Ahora mismo es lo único que tengo en mente.
- No me jodas, Manu.
- Lo veo complicado.
- Vale. ¿Me das uno?
- No seas idiota. Sabes que no puedes.
Suelto una carcajada reticente y me concentro en despegar el papel de un caramelo masticable. De piña. Y vuelvo a sostener en mis manos el periódico de Salud que ojeo sin entender demasiado.
- ¿Cuánto piensas seguir ignorándome?
- Puede que bastante.
- Ni siquiera sabes con quien estás hablando.
- Ya lo creo que sí.
- ¿Cómo?
- ¿Cómo sabes tú quien soy yo?
- No te he dicho mi nombre.
- Hazlo.
Paso la página, y comienzo con otro artículo sobre alergología. En mi mirada se conserva la sonrisa a medias que veo reflejada en un suelo impecable de losas blancas. Me llama la atención ese suelo. Levanto la vista y miro al frente. El escenario es desconocido, aunque familiar. Y alguien frente a mí me sonríe.
- Veo que no sabes dónde estás.
- Vuelves a equivocarte.
- ¿Tienes alguna idea?
- Y muy certera. Pero no importa. Dentro de poco me iré de aquí. Y tú lo sabes.
- Puede. Pero volverás.
- Eso espero.
La manecilla de un reloj está a punto de llegar a las 12.
- ¿No quieres que al menos te diga mi nombre?
- Hazlo. Para el lector.
- Me llamo Nózar.
- Tomarme otro caramelo.
- No seas idiota. Sabes a lo que me refiero.
- Ahora mismo es lo único que tengo en mente.
- No me jodas, Manu.
- Lo veo complicado.
- Vale. ¿Me das uno?
- No seas idiota. Sabes que no puedes.
Suelto una carcajada reticente y me concentro en despegar el papel de un caramelo masticable. De piña. Y vuelvo a sostener en mis manos el periódico de Salud que ojeo sin entender demasiado.
- ¿Cuánto piensas seguir ignorándome?
- Puede que bastante.
- Ni siquiera sabes con quien estás hablando.
- Ya lo creo que sí.
- ¿Cómo?
- ¿Cómo sabes tú quien soy yo?
- No te he dicho mi nombre.
- Hazlo.
Paso la página, y comienzo con otro artículo sobre alergología. En mi mirada se conserva la sonrisa a medias que veo reflejada en un suelo impecable de losas blancas. Me llama la atención ese suelo. Levanto la vista y miro al frente. El escenario es desconocido, aunque familiar. Y alguien frente a mí me sonríe.
- Veo que no sabes dónde estás.
- Vuelves a equivocarte.
- ¿Tienes alguna idea?
- Y muy certera. Pero no importa. Dentro de poco me iré de aquí. Y tú lo sabes.
- Puede. Pero volverás.
- Eso espero.
La manecilla de un reloj está a punto de llegar a las 12.
- ¿No quieres que al menos te diga mi nombre?
- Hazlo. Para el lector.
- Me llamo Nózar.
jueves, 11 de febrero de 2010
Sinsentido
¿Que sería lo adecuado en este momento?
¿Una retracción sincera? ¿Una sarta de excusas con escaso sentido y menor credibilidad? ¿Una carga a bayoneta con mayor vigor que nunca?
No. Ninguna de esas opciones me convence. Ninguna se ajusta a la realidad.
Lo importante para una persona no tiene por qué ser lógico, comprensible, admirable ni profundo. No hay patrones. No hay guía.
Peor que el resentimiento con nadie es el resentimiento consigo mismo. El autoreproche. La conciencia. Por qué como va a acabar algo bien si ya comienza enviciado por el rencor y la amargura. Por la falsedad.
Y por la duda.
¿Una retracción sincera? ¿Una sarta de excusas con escaso sentido y menor credibilidad? ¿Una carga a bayoneta con mayor vigor que nunca?
No. Ninguna de esas opciones me convence. Ninguna se ajusta a la realidad.
Lo importante para una persona no tiene por qué ser lógico, comprensible, admirable ni profundo. No hay patrones. No hay guía.
Peor que el resentimiento con nadie es el resentimiento consigo mismo. El autoreproche. La conciencia. Por qué como va a acabar algo bien si ya comienza enviciado por el rencor y la amargura. Por la falsedad.
Y por la duda.
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